Violencia en la pareja

La buena relación entre los miembros de la pareja es identificada cada día por más personas como una fuente muy importante de su bienestar emocional y como un antídoto eficaz contra las contrariedades existentes en la vida cotidiana

De la crítica al desprecio no hay más que un paso, y el desprecio es el veneno que mata las relaciones. Discutir no es malo. Lo malo es cuando se pierde el respeto por el otro y las discusiones vienen cargadas de críticas, sarcasmos o insultos, sin un arrepentimiento sincero.

La violencia en la pareja es un fenómeno frecuentemente bidireccional, heterogéneo, multicausal e independiente del género, si bien las consecuencias más graves las sufren las mujeres. De ahí que la mayoría de los estudios y medidas político-criminales se hayan orientado en el ámbito de la pareja hacia la violencia contra la mujer.

Gran parte del modelo conductual operado de modo disfuncional en las relaciones toxicas de pareja, se adquiere en la infancia en el interior del entorno familiar a través de esquemas mal adaptativos tempranos extremadamente estables y permanentes que se desarrollan durante la niñez y son elaborados a lo largo de la vida del sujeto. Los traumas no resueltos durante la primera infancia pueden determinar que una persona tienda a ser agresiva, por lo que en las relaciones toxicas de pareja la dependencia, la obsesión por el control del otro además de la violencia verbal y física, se relacionan con estas carencias y experiencias negativas durante esa primera etapa de la vida.

El ser humano como un ser social, requiere establecer vínculos saludables en su entorno, en los que pueda ser reconocido como un legítimo en las interacciones sociales, a partir de las emociones especialmente a través del amor, definida como una emoción central que supone la aceptación del otro como un legítimo otro en la convivencia. Cuando estas instancias fallan a razón de una elevada conflictividad, el ser humano se ve enfrentado a relaciones con roces del lenguaje, choques emocionales y crisis psicoafectivas en la interacción y la convivencia social y de pareja. Así como el cuerpo se enferma por la presencia de toxinas que deterioran su funcionamiento, las relaciones de pareja de igual forma se deterioran paulatinamente con la presencia de factores o elementos que alteran la dinámica de la relación. Estos factores pueden ser: la presencia de conflictos relacionados con los hábitos de cada miembro de la relación, dificultades para solucionar los conflictos, falta de comunicación asertiva, celos, infidelidad, falta de respeto por la opinión y discusiones respecto a la necesidad del vínculo en la pareja.

En una mala relación de pareja hay una pérdida gradual del cariño y de la comunicación, las fricciones o los exabruptos surgen con frecuencia y empieza a cobrar fuerza el deseo de poner fin a una relación que ya se percibe como disfuncional.

Consecuencias de la violencia en la pareja

La violencia psíquica o física habitual es una forma de estrés crónico, en donde se excretan niveles altos de cortisol. El estrés provoca cambios en el Sistema Nervioso y Endocrino que pueden acabar afectando al sistema cardiovascular e inmunológico. Si el estrés se cronifica, hay mayor riesgo de infecciones, diabetes, hipertensión o infartos. La víctima puede mostrar fatiga permanente, dolores de cabeza, de estómago y de articulaciones, mareos o problemas gastrointestinales, así como una mayor probabilidad de obesidad. Por ello, puede haber una mayor consulta de las víctimas a los médicos de Atención Primaria en busca de ayuda por estos problemas físicos, sin atreverse a veces a referir la situación de violencia existente con su pareja. Es decir, la violencia psíquica puede producir daño psicológico, pero también daño físico. Los síntomas somáticos descritos y las alteraciones emocionales sufridas por la víctima pueden ser consecuencia del sobreesfuerzo compensatorio o de adaptación ante una realidad estresante crónica que la desborda.

Por último, la violencia psicológica habitual sobre la pareja, al generar un clima violento, puede producir reacciones psicológicas negativas en los menores que conviven en el hogar: rendimiento escolar defectuoso, miedo y ansiedad, problemas de sueño, sentimientos de culpa, baja autoestima o descontrol de sus emociones.

Tipos de violencia en la pareja

Terrorismo íntimo: implica el uso de violencia como forma de control hacia el otro. Se ejerce mayoritariamente del hombre hacia la mujer, y los actos violentos, con el tiempo, se van haciendo más frecuentes y, más lesivos, acompañándose de otro tipo de conductas orientadas a ejercer control y poder sobre la mujer. Este tipo de violencia suele dejar secuelas físicas y psicológicas como elevados niveles de miedo, ansiedad, depresión y síndrome de estrés post- traumático.

Resistencia violente: este tipo suele darse con mayor frecuencia en mujeres y se produce como reacción a las agresiones recibidas ante una situación de control coercitivo violento.

Violencia situacional de pareja: este tipo de violencia no está asociado a dinámicas de control global sobre la otra persona, sino que surge de conflictos de pareja que pueden escalar y concluir con la agresión. Normalmente, se producen por igual entre hombres y mujeres, son poco frecuentes y lesivas en las parejas, y tienden a desaparecer con el tiempo, aunque cuando estas acciones se vuelven crónicas, se producen con mayor frecuencia y severidad.

Control violento mutuo: su principal característica es que ambos miembros de la pareja son violentos y pretenden mantener el control global de la relación.

Violencia instigada por la separación: define la violencia ejercida tras la ruptura de pareja, cuando entre ellos no hay una historia previa de agresiones. La violencia se genera en forma de pérdida de control psicológico tras una separación traumática, su nivel de gravedad oscila de menor a mayor severidad y normalmente es ejercido por quien es dejado.

Violencia específica contra la mujer: todo acto de violencia basado en la pertenencia al sexo femenino que tenga o pueda tener como resultado un daño o sufrimiento físico, sexual o psicológico. Las principales formas de violencia contra la mujer son: el aislamiento, la intimidación (violencia indirecta), amenazas, abuso emocional, abuso económico, utilización de los menores, acoso y acecho.

La violencia física es fácilmente objetivable, pero, sin embargo, el maltrato psicológico puede manifestarse de múltiples formas, más o menos sutiles, lo que dificulta su objetivación. Además, las lesiones físicas se reflejan en forma de hematomas, esguinces, fracturas, etcétera, mientras que las lesiones psíquicas (el daño psicológico) no tienen una correspondencia tan explícita ni tan reconocida con problemas clínicos específicos, como el trastorno de estrés postraumático, la sintomatología ansioso-depresiva, el estrés crónico, etcétera.

Componentes de la conducta violenta en la pareja

a) Una actitud de hostilidad. Esta puede ser resultado, de la existencia de celos patológicos, de la legitimación subjetiva de la violencia como estrategia de solución de problemas o, en el caso de la violencia sobre la mujer, de estereotipos sexuales machistas en relación con la necesidad de sumisión de la mujer.

b) Un estado emocional de ira. Esta emoción, que varía en intensidad desde la suave irritación o molestia a la rabia intensa y que genera un impulso para hacer daño, se ve facilitada por la actitud de hostilidad hacia el otro miembro de la pareja y por unos estímulos generadores de malestar ajenos a la pareja (contratiempos laborales, dificultades económicas, problemas en la educación de los hijos, etcétera).

c) Unos factores precipitantes directos. El consumo abusivo de alcohol o drogas, sobre todo cuando interactúa con las pequeñas frustraciones de la vida cotidiana en la relación de pareja, contribuye a la aparición de las conductas violentas.

d) Un repertorio de conductas pobre. Más en concreto, los déficits de habilidades de comunicación y de solución de problemas impiden la canalización de los conflictos de una forma adecuada. El problema se agrava cuando existen alteraciones de la personalidad, como suspicacia, celos, autoestima baja, falta de empatía o necesidad extrema de estimación.

e) La percepción de vulnerabilidad de la víctima. Un hombre o mujer irritado/a puede descargar su ira en otra persona (mecanismo frustración-ira-agresión), pero suele hacerlo solo en aquella que percibe como más vulnerable y en un entorno -el hogar- en que sea más fácil ocultar lo ocurrido.

f) Los logros obtenidos con las conductas violentas previas. Muy frecuentemente con los comportamientos de violencia anteriores se ha conseguido los objetivos deseados. La violencia puede ser un método sumamente efectivo y rápido para salirse con la suya. En los casos de violencia sobre la mujer, la sumisión de ésta puede quedar también consolidada porque, con un comportamiento claudicante, consigue evitar las consecuencias derivadas de una conducta violenta por parte de la pareja que puede ir a mayores.

Intervención psicológica en la violencia de pareja

Como se ha comentado con anterioridad cuando la violencia psicológica o física constituye una estrategia habitual para conseguir el control y la anulación del otro miembro de la pareja, o la agresividad es un elemento clave en la relación entre ambos, pueden verse desbordadas sus estrategias de afrontamiento y sufrir daño psicológico (lesiones psíquicas y secuelas emocionales), lo que hace necesario frecuentemente el recurso a una ayuda profesional (psicológica o médica). El daño psicológico relacionado con esta dinámica relacional puede manifestarse en forma de cuadros clínicos, tales como el trastorno de estrés postraumático, los trastornos adaptativos de tipo ansioso-depresivo o la descompensación de una personalidad anómala, o de síntomas que interfieren en el bienestar emocional o en su calidad de vida (déficits de autoestima, irritabilidad, pérdida de deseo sexual, sentimientos de culpa, descuido en su aspecto físico o aislamiento social).

Desde A TEMPO contamos con un equipo de psicólogos especialistas que después de un análisis pormenorizado de casa caso individual desarrollarán un plan de intervención para abordar la problemática concreta de cada pareja. Para ello, es necesario considerar los procesos vicarios, autorreguladores y autorreflexivos determinantes del funcionamiento psicosocial de cada miembro.  A partir de la influencia mutua entre factores personales (creencias, expectativas, actitudes y conocimientos), el ambiente físico y social (recursos, consecuencias de actos y cogniciones de otros) y la conducta con sus actos individuales, (toma de decisiones y aseveraciones verbales) el terapeuta facilitará la posibilidad de que la pareja piense en lo que sucede en su entorno, evalúe el fenómeno y logre modificarlo en cuanto consecuencias derivadas de su propia respuesta. Se intervendrá sobre elementos psicológicos propios de cada miembro de la pareja como la inmadurez emocional, el no tener conciencia de la identidad e individualidad propia y de su pareja, dificultad para comunicarse y comprender al otro, el no tener claras las reglas, límites, ritos y necesidades propias y de su pareja, la emergencia de miedos, angustias, celos, envidia, inseguridad, duelos no elaborados y deseos de control o dominio de los demás. Elaborar los sentimientos de culpa, pena y dolor asociados a lo vivido será otro de los ejes en torno a los que se desarrollará el proceso psicoterapéutico.

Se analizarán la adopción por parte de algún miembro de la pareja el empleo de estrategias de afrontamiento defectuosas, como el recurso a la automedicación o al abuso de alcohol, el consumo excesivo de comida o la implicación en conductas de riesgo, facilitando pautas alternativas de actuación más saludables y funcionales.

La intervención igualmente se centrará en bloquear las escaladas de violencia y cambiar el clima de rabia. Se facilitarán estrategias de comunicación para expresar adecuadamente deseos y necesidades que disminuyan el riesgo de ser tomadas como un ataque y aumente la oportunidad de entendimiento entre ambos.

Si el caso lo requiriera se trabajará la historia de trauma de cualquiera de los miembros de la pareja y que pueda estar interfiriendo y determinando la dinámica relacional violenta de la pareja.